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Rumor de cielo pardo: un obituario

Alguna vez leí que los poetas mueren en silencio, pero creo que ese silencio del que se habla es uno aparente, como el de un bosque en otoño: de lejos, se escucha el rumor del viento que arrastra consigo la hojarasca y, sobre eso, no se distingue el ruido de los autos ni la autopista que duerme cerca de nosotros.

Es un rumor constante que se acopla al espacio vacío, destellando un silencio que no lo es; sí, los poetas mueren en el silencio de los árboles que se agitan; mueren en la hojarasca que crepita de espaldas a la noche; mueren en el silencio del crepúsculo cuando cantan los últimos pájaros del día.

Pienso… ¿a qué hora empecé a escuchar el rumor del bosque? ¿Cómo fue a parar el amargo suceso a mi puerta? ¿Quién llora con la cercanía de la que yo carezco?

Saber al respecto del deceso de Germán Carrasco fue entender que estamos más próximos a la lista de la muerte, que estamos entrando a la edad en la que mueren nuestros antecesores. A los veinticinco nos toca observar a nuestros mayores floreciendo en sus cincuenta años de vida, y ver cómo los dados comienzan a dictaminar la suerte y se pintan las puertas de los poetas con la sangre del cordero.

Cuando nosotros cumplamos cincuenta, de nuestros mayores quedarán solo unos pocos. Habremos visto la caída de los árboles más adustos y estaremos, quizá, más familiarizados con los rumores otoñales que se despiertan cuando muere un poeta. Aunque también es cierto, que hay muchos de nosotros que tal vez no lleguemos. 

Hay mucha vida para pensarnos todavía escribiendo, pero Germán ha partido de nosotros. Lo duelo con la timidez de quien solo lo ha leído y ha escuchado, a su vez, las miles de historias que se cuentan sobre su persona; pero sin duda su muerte ha despertado las voces secretas del bosque, que se reúnen en cabildos para velar sus versos y su memoria.

Quizá tentó mucho a la suerte, no lo sé; pero poetas como él no mueren en silencio.

Pero Germán no vivía en el bosque, sino en la ciudad, y si leyera este texto se reiría de la solemnidad que requiero para poder hablar sobre la muerte de un poeta, cuando estoy seguro, que se fue con un portazo, así, de sorpresa, como queriendo asegurarse de que nos quedemos todos marcando ocupado 1

Otra reflexión sobre el terremoto y el tsunami
(Desgrabada letra por letra de una charla en un taller)

El poema largo es una torre de naipes
en donde no importa que algunas cartas
estén reparadas con cinta adhesiva
o viejas. Si se sostiene en pie, todo bien,
difícil tarea sin embargo. La lección poundiana
de la tensión y la concentración de energía
corre igual para poemas breves o extensos,
tenues o acerados
y se nos olvida a casi todos.
¿Querría algo así como un estallido, orgasmo
una especie de ko verbal el viejo?
¿O el poema dado del que hablaba Levertov?
Poema dado por quién: por dios,
¿por quién más si no? Casi todos terminan ahí
o en una conjunción parecida al amor
en sus tres primeros meses que a todo esto
se parecen bastante a una torre de naipes
por el cuidado o el azar o lo frágil.
Energía y no fuerza, claro está
meditación y cacería, todos sabemos
excepto a la hora de los quiubos.
En un poema breve no puede haber cinta adhesiva
y las arrugas en una carta delatan de inmediato la jugada.
Pero quizás un poema extenso
son poemas breves en pandilla
igual de efectivos en su invasión de ninjas
aunque reunidos con pegamento, moco a veces
–la prosa que sobra, los dispositivos transicionales
y todas esas arrugas y parches que, como en el póker
o en la ropa para la reunión importante,
no deben notarse–. Ese pegamento
a veces es temático y a veces otra cosa,
otro clúster de cosas que desembocan muchas veces
en el preciado silencio
mejor será
siempre, amén.
Kim Deal decía que si uno escribe canciones
es fácil hacerlo, el asunto
es componer algo que sientas
y que quieras interpretar ad infinitum
con el mismo entusiasmo del momento
de la composición.
Pero, qué tanto, hasta la nota circunstancial
o el garabateo en libreta a veces
cumplen el requisito del poema. Hoy escuché
en el metro por ejemplo…

(poema de G. Carrasco, Ensayo sobre la mancha, 15 poemas, 2012)


  1. Expresión chilena que significa “desconcertado, sin saber que pensar”, como cuando nadie te responde el teléfono ↩︎

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