Periodismo, crítica y producción cultural con acento migrante

Reseña: «Quizás no sea tan malo morir» de Karen Pávez Díaz

Pasarse la película

Quizás no sea tan malo morir miente y ahí está su belleza. Porque anuncia que todo está mal y es terrible, pero va en busca de la felicidad de una generación —me atrevo a decir—; una generación que creyó que es imposible ser feliz porque todas las promesas estaban rotas. Entonces, ante la imposibilidad del futuro, culparon a la suerte y esperaron que las cosas murieran para empezar a respirar.

La novela es una puerta abierta hacia Chile, para ver una faceta de la psiquis de los huraños habitantes de la piedra y la altura, a la vez que revela un ethos del país. Javiera, Rocío, Vicente y Lucas son representantes de cierta forma de ser; y acá hablo desde mi experiencia personal: lo he visto, he conocido personas así. La novela inicia con una escena cruda: una mujer semidesnuda, golpeada, subiendo a una micro —un colectivo— en plena mañana laboral. No sabemos qué pasó, pero ya el humor, la sorna, la pena y la rabia con el otro dibujan un camino. El pasado le respira en la nuca a los personajes, haciendo que las respuestas aparezcan de a poco. 

Es el momento de quiebre en sus vidas, donde tienen que hacerse cargo de sus expectativas, sus derrotas y también su alegría. La novela tiene una temporalidad difusa, aunque podemos creer que estamos entre el 2010 y el 2015. Existió ya Fotolog, Rocío tiene treinta años y a Javiera, su amiga del colegio, su madre la abandonó siendo muy niña cerca de el plebiscito, nos cuentan al pasar; hay que ir reconstruyendo el momento, no hay fechas exactas. Hay un clima. Es un Chile que ya no existe, por eso quizás hay nostalgia y rabia: porque el mundo es injusto, porque intentamos ser mejores —hasta acá llega la novela— y lo que obtuvimos es este presente —hasta acá llega el lector—.

Es una novela muy chilena publicada en Argentina. Esta idiosincrasia es uno de los cauces que atraviesan la novela. El español de Chile está representado de forma hermosa. Se hace cargo de la expresividad y juego que hay en los ideolectos de cada chileno y el sociolecto de la clase media del país. Lo importante no son los rasgos fonéticos, sino qué le hace el chileno al español. No hay caricatura, sino orgullo y reconocimiento. Esta novela es un acto de contacto cultural donde el chileno busca ser escuchado, sin importar que sea entendido o no.  

Esto es una decisión política y estética. Dan ganas de leer varios momentos en voz alta, y brillan los monólogos de dos mujeres ya mayores —cierta forma de ser—. Me sonaban a voz de infancia. No en vano Karen Pávez Díaz es también dramaturga. La cadencia, los saltos de tema, el vaivén entre ligereza y gravedad que hace a algo del humor chileno, del carácter en que nos educamos, afloran en la novela (“poetas, no cantéis a la rosa, hacedla florecer en el poema”, etc). Es un hallazgo formal e importante, porque para un chileno el sentido común es que “hablamos mal”, que “no se nos entiende”. Acá hay una reivindicación de la lengua chilena, quizás porque la autora es migrante y en la distancia se aprecia lo propio.

De a momentos me enojé con los personajes. Con su lamento ácido, con su afán de quejumbre y dilema del erizo. Una necesidad enorme de contacto humano, del que al mismo tiempo desconfían en el Chile de la postdictadura, y por eso eligen actitudes y acciones que confirman cierta hipótesis de trabajo propia de la época: el mundo es una mierda. Pero ante ese dilema o paradigma, esta novela es un paso adelante. Quizás no sea tan malo morir es el título del Fotolog donde se suben las fotos que te demuestran vivo. Es una novela sobre una generación que con todas sus trancas aprieta los dientes y sigue hacia adelante

Otro cauce que recorre la novela es una lectura de género, los roles y las tendencias de cada uno, como un reparto de lo sensible. Las mujeres en un mundo machista y violento. Los hombres truculentos, despreciables cuando no patéticos. La figura del gay abierto y el reprimido, sexual y agridulce. El hombre solitario, nerd y bueno refugiado en ciertos consumos culturales. Las relaciones fallidas, donde acecha la violencia. En la frontera de lo maniqueo resultan arquetipos de época, en el punto justo para entre el costumbrismo y el esperpento.

Pero son dos cauces, otras dos energías que recorren la novela, las que me parecen el epicentro de este sismo. Podrían resumirse en “Nunca pensaron que las expectativas podrían ser más pesadas que el rechazo” y “Se imagina que, si todo esto fuera una película, de esas que terminan en finales felices…“. Ese es el desafío del que la novela se hace cargo. Esa es su tristeza y su alegría: su belleza. Dejar de huir de las expectativas, propias y ajenas; pasarse la película y habitar esa ficción.

Quizás no sea tan malo morir de Karen Pávez Díaz puede comprarse en la web de la editorial: https://clubpino.empretienda.com.ar/

Acento Sur Avatar

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *